lunes, 31 de mayo de 2010

Sueño cumplido: Ernesto Snajer



A la caza de Gismonti. El guitarrista cuenta el largo camino que debió recorrer hasta que logró conocer al músico brasileño, su máximo referente.

PorEduardo Slusarczuk

Arranqué con mi sueño cuando tenía 13 años. Yo venía tocando de todo: me gustaba el rock, el jazz, un poco el folclore. Pero estaba en la luna. Hasta que un amigo músico me dijo: Escucha esto. Y puso Circense, de Egberto Gismonti. Fue como que si en un segundo se me ordenaran todos los pensamientos. Me quedé así, duro. Me morí.”

Recordar no le cuesta a Ernesto Snajer. Casi 30 años después de aquel día, guarda intacta aquella sensación. “Desde entonces siempre tuve a Gismonti en la cabeza. Me compraba los discos, me sabía todos los temas, me leía los reportajes. Cuando salió la primera edición de Alma, en vinilo, venía con las partituras. Y eso terminó de enloquecerme”.

La gismontimanía del músico argentino incluyó la compra de una guitarra de 10 cuerdas como la de Egberto. “Creo que la primera guita que cobré como músico me la gasté en la guitarra. Tuve que pedirla especialmente, y esperar que me la hicieran”, recuerda. Lo que no imaginaba Snajer era que esa inversión lo pondría a tiro de cumplir su sueño.

Es que, en medio de una gira por Neuquén, a Gismonti se le rompió la guitarra. “Alguien de la producción me llamó y me preguntó si se la podía prestar. Obvio que dije que sí”, relata Snajer, y sigue: “El día del concierto fui al teatro y esperé hasta que llegó Gismonti”. Pero resultó que, sin aviso, alguien había arreglado la guitarra y su presencia allí ya no tenía demasiado sentido. “Gismonti pasó por al lado mío, me dijo algo así como gracias pibe, y siguió de largo. Eso fue todo. Pensé: Anda a cagar y, casi moqueando, me fui pensando que el sueño no era para mí”, concluye.

Pero Snajer cuenta que, en el ‘97, Gismonti estaba por tocar en el Bauen, con Nando Carneiro y Zeca Assumpção. “Yo no tenía un sope, pero una tía me compró dos entradas. Fui con mi mujer y me llevé el disco que recién había grabado con el danés Palle Wintfeld, que incluía una versión de Maracatú.”

“El show fue alucinante. Y cuando terminó, empecé a dar vueltas, sin decidirme a nada”, recuerda Snajer, y le echa la culpa a su timidez: “Reconozco que me gustaría conocer gente, pero en el momento preciso empiezo a mariconera”. Pero aquel día, el amor propio pudo más. “Di vueltas hasta que mi mujer me dijo: No seas boludo. Viniste hasta acá, tenés el disco. Dármelo y se lo llevo yo. Me convenció.” El hombre tomó aire y encaró para los camarines, donde chocó con Bochi, “asistente emblemático de Roberto Menéndez, el dueño de Oliverio”. Aunque insistió, no hubo caso. “No puedo dejar pasar a nadie”, repetía. Así que le dejó el CD, con la certeza de que al minuto el mensajero se olvidaría del asunto.
Pero no. “A la semana, mientras laburaba en mi estudio, entró un fax. El remitente: Egberto Gismonti. Me quedé duro”. Con auxilio de un amigo, Snajer leyó: “Me decía que le había gustado mucho el disco, que estaba armando su sello y que quería editarlo. Me morí”, sintetiza. “Consultamos a nuestro editor, Peter Olfusan, y dijo que no había problemas”, continúa. Sin embargo, el proyecto entró en un largo compás de espera, con las peores premoniciones. Dos años pasaron hasta que Gismonti lo llamó a Snajer. “Me dijo: Le tenemos que dar forma a esto. ¿Por qué no te venís para Río y arreglamos todo? Respondí: Mandame los datos que voy”.
Fueron tres días y dos noches los que pasó Snajer en la casa de Gismonti. “Dormía en la pieza en la que el tipo tiene el piano”, recuerda. “Yo fui con la ilusión de hablar de música. Voy tres días a la casa de mi héroe –pensé-. Quiero que me dé la luz. Me acuerdo de que llegué y me planteó: Mira, de música casi no vamos a hablar. Ustedes tienen un dúo que me encanta, tocan muy bien, y por algo los elegí. De ahí en más, viví un curso acelerado de cómo tiene que hacer las cosas un músico”.

Snajer sintetiza esas 60 horas sin dar respiro. “Era mortal. No hablábamos de música. Pero nos sentábamos a tomar algo y me explicaba cosas. Me decía cómo le parecía que nos teníamos que organizar. Trabajamos en el estudio, con el disco. No tocamos nada, pero volví con otra cabeza. Después de eso, nada fue igual”.

Fuente: Clarín