sábado, 29 de mayo de 2010

"Artefactos", una notable puesta en un espacio no convencional

Actuar las letras de Julio Cortázar

El grupo Quien es Quien le da forma a un espectáculo atípico en la Casa Museo Roca, que invita a los espectadores a moverse por el lugar y meterse de lleno en el universo cortazariano.

Por Sebastián Ackerman

Como en una fantasía voyeur, los personajes invitan a los espectadores a meterse en su casa, recorrer sus rincones, espiar la vida de esa familia en cada una de sus habitaciones, sus discusiones y labores. Recuerdos de una vida que fue, los ocho primos viven de la herencia en una casa que está siendo tomada, escupen conejitos, se atoran en sweaters y les indican a los “vecinitos mirones” cómo hay que subir una escalera. “Los argentinos somos como un gran familia que vivimos peleándonos, siempre entre la convivencia y la crisis”, dice Susana Rivero, la directora de Artefactos, obra basada en textos de Julio Cortázar interpretada por el grupo Quien es Quien. “Lo importante era sacar esa eterna pelea argentina, pero sabiendo que también podemos salir adelante”, aclara sobre la obra que se presenta los sábados a las 20 en la Casa Museo Roca (Vicente López 2220) con entrada libre y gratuita.

El hilván que recorre los distintos cuentos (“Casa tomada”, “Carta a una señorita en París”, “Simulacros”, “El oso”, “Torito”, “No se culpe a nadie” e “Instrucciones para subir una escalera”, más una conferencia sobre Qué es la literatura fantástica, música de saxo y clarinete en vivo) es, explica Rivero, “la parentela”. Pero además su intención es “componer puntitos: un homenaje a la literatura, sentarse a escribir, crear personajes. Como dice Cortázar: hay talento, don, sí, pero es el diez por ciento. ¡Lo demás es horas–culo!”, afirma la directora, y agrega: “Cortázar tiene una cosa con las familias de clase media como Borges lo tiene con los espejos y los laberintos, y como yo vengo de ahí, cuando encontré ‘Simulacro’, donde hay un jardín con un cadalso y los vecinos se acercaban a mirar, a fisgonear, me dije ‘acá está la vuelta para que el público se meta en la obra’”, recuerda.

La elección de la Casa Museo Roca no es casual: permite que los actores pasen de la biblioteca de la planta baja a la sala de la planta alta, y de allí al comedor, y al público seguirlos, o “espiar” en las habitaciones, rompiendo con esa cuarta pared invisible que divide al escenario de la platea. “La gente entra en la ficción porque está bien hecha la dramaturgia”, apuesta, y justifica la elección del “teatro”: “Elegí esta casa porque está en plena Recoleta. Me atrae y siento que puedo elaborar una idea para después trabajar ahí: era de los Lezama, después la compró un amigo de Rosas. Toda la parte histórica es interesante, que quizá no se ve tanto. Y en el performing art hasta el final no podemos coser y bordar. Esto es un teatro de supervivencia. Como decimos los cordobeses, es lo que hay”, sostiene sobre su técnica teatral.

Cortázar no es el primer escritor con el que Rivero trabaja de esta manera: por sus manos pasaron los hermanos Discépolo, Ricardo Rojas, Leopoldo Marechal, Jorge Luis Borges, Roberto Arlt y Héctor Oesterheld, entre otros, también con puestas en escena en lugares poco tradicionales para hacer teatro: “En el Museo Etnográfico hicimos Borges”, señala, y cuenta que tuvo que “pedirle los derechos de autor al abogado de María Kodama. `¿Qué vas a poner?’, me preguntó, y cuando le dije ‘Funes el memorioso’ me contestó `¡Eso cuesta 5000 dólares!’”, pero asegura que después pudo “convencerlo” para que los cediera. También trabajó en su Córdoba natal en una estación de trenes con Marechal y en un pequeño hotel en San Telmo que se llamaba Boquitas Pintadas. “Yo todo lo hago así: siempre, en mis dramaturgias, el público tiene que estar justificado en el texto”, remarca.

Rivero estuvo trabajando en Europa y Estados Unidos, y nota una clara diferencia en las posibilidades de la producción de los espectáculos. “La actividad teatral que hay en Buenos Aires no existe en ningún otro lugar, ni en Europa o Estados Unidos, que tienen una parafernalia impresionante”, compara. “Entonces, ¿qué hago? ¿No hago más teatro? Se hace otro teatro. Por eso me gusta esto de la gente cercana en un lugar encontrado”, enfatiza, y analiza que “el foco de estos escritores es muy argentino, aunque Cortázar escribiera en el exilio de París. No hay argentinidad como la de estos tipos. Todos hablan de la ciudad. ¿Qué es si no Adán Buenosayres? Si viene un cineasta acá, ¡éste es nuestro Señor de los Anillos!”, desafía, y confiesa que trabajar teatralmente con estos autores fue la “manera de reencontrarme, después de vivir diez años en México, con la literatura argentina”.

Que Artefactos se desarrolle en el marco del Centro Cultural Rojas es un orgullo para la directora, que trabaja en la institución desde hace 23 años, al poco tiempo de regresar de su exilio en México. “Yo siempre estuve ligada al Rojas, siempre tuve la camiseta de la universidad pública. Y es muy bueno, el Rojas tuvo épocas de mucha gloria”, postula sobre la explosión que se generó en ese espacio con el regreso de la democracia. “Lo más importante para mí es que la universidad siga teniendo estos lugares, que el Rojas siga siendo el semillero de esta mirada cultural, educativa, uniendo el arte y la sociedad”, se entusiasma, y recuerda una anécdota de esos años: “Un día venían por la calle Batato Barea, Humberto Tortonese y Alejandro Urdapilleta, y cuando me vieron me dijeron ‘¿Vos sos la culturosa del Rojas?’”.

Fuente: Página 12