martes, 22 de febrero de 2011

¡Necios con la campaña!

PEDRO TRUJILLO

Ante la falta de éxito en la investigación de una campaña nacional de desprestigio contra la Cicig, el comisionado Dall’Anese busca ahora culpables del descrédito en el ámbito internacional. Hasta la fecha, el comisionado se había mantenido semidiscreto y no aparecía mucho en los medios, dedicándose a lo que sabe y debe hacer con entusiasmo y consagración: investigar esos poderes paralelos al Estado que nos embarran y que cada vez parecen menos ocultos para todos, excepto para él.

Sin embargo, cuando los resultados no son los deseables, se cuestionan o los casos no se concretan suficientemente o se desmoronan, parece que la salida hacia adelante pasa por crear un distractor —como hacen muchos gobiernos—; en este caso, la campaña de desprestigio.

Muy ingenuo debería ser el señor Dall’Anese si cuando asumió el cargo no evaluó que, más que campaña, lo que hay son grupos de ciudadanos que no aceptan —y es legítimo— a la Cicig como forma de arreglar los problemas del país; otros que no la quieren, sencillamente porque no les gusta, y otros más desde fuera, que no están dispuestos a que sus impuestos vengan a un país donde las autoridades y los ciudadanos hacen muy poco por arreglar sus propios problemas y quedan a la espera de la caridad menesterosa de la cooperación internacional. También debería valorar que las campañas se pueden dar en ambos sentidos: aquellas que tienden a desprestigiar y las que ensalzan. Ambas crean sentimientos extremos y encontrados. La primera porque rechaza al ente, la segunda porque lo diviniza, y aunque las dos generan una imagen distorsionada, la atención solo se centra en una de ellas. Muchas personas hay en el país que diariamente encumbran a la Cicig, lo difunden en campos pagados, escriben resaltando sus bondades, destacan las cualidades sobrehumanas de sus integrantes y suben artificialmente el nivel de expectativas por encima de lo que sería habitual. Hasta el momento, el éxito no está en consonancia con lo esperado, con el tiempo, con los recursos invertidos y con el esfuerzo empleado. Ese grupo de optimistas que niegan la realidad de las cosas, los pro Cicig y los que toman tragos con sus representantes, los condecoran, ensalzan y proyectan a los cielos, son tan culpables como aquellos que sin pruebas son acusados de crear un clima de intranquilidad en el país ¿Por qué no se les persigue o critica con la misma contundencia?

El recién anuncio de un cabildeo internacional en su contra pone de nuevo en el candelero el tema del desprestigio y de la persecución. Sin embargo, es el propio juez quien acusa sin aportar pruebas al respecto ni decir a quiénes visitó Robert Gelbard, que es la persona que supuestamente complota. Ese tipo de acusaciones que arriban al resultado final sin que medien las pruebas que conducen al mismo son idénticas a las que en su momento utilizó Castresana y salpicó de lodo a muchos generadores de opinión del país para que, a la fecha, todos hayan sido exculpados. Es preferible, señor juez, ser más prudente y aprender de los errores del pasado para no cometerlos en el futuro. Si lidia con esa Cicig es porque su antecesor abusó en muchos comentarios y se extralimitó, supongo que aconsejado por el mismo director de comunicaciones que usted tiene ahora. No haga lo mismo o presente las pruebas que tenga. ¡Ah!, que le conste: no me he puesto de acuerdo con el tal Gelbard ni con otros.

Artículo publicado en el diario guatemalteco "Prensa Libre", el día martes 22 de febrero 2011.