viernes, 25 de febrero de 2011

Propaganda oficialista: la muchachita y la doñita

Karen Cancinos

Hablemos del principio de subsidiariedad.

A estas alturas no deberían sorprender los anuncios oficialistas, pero hasta para los estándares de la UNE resulta repugnante su actual propaganda televisiva y radial. Pero siempre se pueden alcanzar nuevos bajos, ¿no? Y van por más.

¿Cuál es más obsceno, el anuncio de la muchachita a la que le “quitan sus cositas”, taza color verde UNE incluida, o la mujer que solloza en la radio jurando, mientras sorbe mocos, que nunca nadie le dará lo que el gobierno sí, porque éste lo hace “con el corazón”? La primera protagoniza una pieza, pobre niña, en la que unas manos malvadas salen de las cuatro esquinas de la pantalla y le quitan ora un lapicito, ora un cuaderno.

La última le arrebata un pocillo color verde oficialista (no tiene el pajarraco blanco, hay que ser sinvergüenzas pero jamás estúpidos), y con ello la beatífica sonrisa infantil desaparece. Una voz estentórea entonces clama: “¿Será alguien capaz de quitarle lo que ahora tiene?”

La segunda, pobre mujer, berrea mientras afirma que “hay gente aquí que espera la bolsa solidaria”. Pues claro, si uno se dedica a la holganza no tiene nada qu e perder con esperar a que llegue a la esquina de su casa cualquier cosa pagada por otros. Gracias al gobierno dice, como si esos víveres fueran costeados con fondos provenientes de la cuenta personal del mandatario, o distribuidos por la gracia y benevolencia de su mujer.

“Nos dan las cosas con el corazón” llora, y afirma que nadie más lo hará. La señora no se ha enterado de que nadie le “da” nada, pues las cosas de la bolsita no surgen por pronunciamiento hechicero. Alguien las produce y las vende al gobierno, que las paga con plata salida del erario, financiado a su vez por los contribuyentes. Por otro lado, aquí no tienen cabida sensiblerías que aluden “al corazón”. Porque a esta doñita y a sus vecinas no se les hace llegar la bolsita de comestibles por imperativos de músculo cardiaco alguno, sino por exigencias de un interés electorero bien concreto.

Hay quien dice que no se le puede pedir a una persona sin instrucción formal este razonamiento. Yo discrepo, pues he tenido ocasión de comprobar que la gente puede no saber leer ni escribir, pero entiende perfectamente en qué consiste el sentido de auto respeto. Comprende que holgazanear y dejar que los días rueden mientras se hace nada más que sentarse sol a espantarse las moscas, no es digno.

Me molesta mucho esa asociación que se hace entre pobreza material y disposición a la mendicidad. Me parece que insulta el esfuerzo de millones de guatemaltecos que mantienen nuestro país en pie, a pesar de los embates tanto naturales como provocados por la politiquería y el hambre de poder. Lejos, muy lejos de fomentar una cultura de lloricas mendigos, se encuentra el principio de subsidiariedad, que alguien podría invocar para justificar la repartición de bolsas con comida, magdalenas, viajes a la playa, dinero en efectivo, chinchines, zapatos deportivos y demás.

Si un asunto debe ser resuelto por la autoridad normativa, política o económica más cercana al objeto del problema, como reza dicho principio en su acepción más amplia, ¿cabe pensar en el gobierno central haciéndose cargo de lo más fundamentalmente individual, aquello a lo que todos en edad productiva estamos llamados, es decir, conseguir el sustento propio y el de quienes están bajo nuestra responsabilidad?

Artículo publicado en el diario guatemalteco "Siglo XXI", el día viernes 25 de febrero 2011.