viernes, 18 de febrero de 2011

¡Que viva el divisionismo! (III y final)

Karen Cancinos

La diversidad humana no es un problema. Lo que genera conflictos es su utilización para sacar provecho político.

En las últimas semanas he sostenido la idea de que la diversidad humana, reflejada en eso que muchos guatemaltecos han dado en llamar “el divisionismo de nuestra sociedad” no es un problema. ¿El motivo? ¡No tiene solución! La diversidad es simplemente un dato de la realidad: somos distintos, no solo todos respecto de otros, sino que un mismo individuo respecto de sí. A la vuelta de los años, cualquier persona resulta siendo alguien completamente diferente.
Usted a sus 50 no es quien era a los 20, y esto es más que solo una perogrullada biológica. Y si tiene la fortuna de llegar a los 85, será otra persona, en toda la extensión de la palabra.

Una famosa actriz húngara, Zsa Zsa Gabor, quien ha tenido nueve maridos, una vez afirmó picaresca que mejor se hubiese quedado con el primero… al final, ¡todos le parecieron iguales! Yo pienso que si la señora hubiese permanecido casada con su primer esposo hoy llevaría más de 60 años de matrimonio, y podría afirmar con fundamento que desde su boda habría vivido con tres hombres distintos. ¿Paradójico? No, en realidad. La vida marital no le habría resultado tan insulsa a Gabor de haber pasado ciclos diferentes con el mismo hombre, en lugar de repetir un mismo ciclo con varios. Y es que todas las personas, al cabo de un par de décadas, somos otras. Y es bueno que así sea... ¿imagina cómo sería andar por la vida con el metabolismo ralentizado de la madurez pero con el atolondramiento emocional de la adolescencia? Yo paso. Por fortuna, el buen Señor ha dispuesto los procesos fisiológicos y mentales de sus criaturas de otra manera, gracias a Él por eso.

Mi punto es que la diversidad humana, como dato de la realidad insoslayable y no como problema a ser solucionado, debe abordarse como lo que es: una riqueza. Sí, una riqueza que posibilita la expresión de la libertad de cada persona para hacer con su vida lo que le plazca (con la vida propia, se entiende, no con la de los demás). Una riqueza que cataliza la división del trabajo y, por ende, redunda en crecimiento económico y mejoría del nivel de vida general. La diversidad, en suma, es riqueza, no amenaza. Por eso no hay que permitir que saltimbanquis la utilicen para sacar provecho político, auto nombrándose abanderados del grupo X, defensores del colectivo Y o fustigadores del sector Z.

La razón es muy sencilla: ver el mundo en función de grupos enfrentados por etnia, edad, sexo o estrato económico es mucho más conveniente políticamente que abordar cualquier fenómeno social en función de las personas individuales. A un demagogo nunca le va a importar QUIÉN es usted (cómo se llama, qué valora, qué anhela, qué rechaza y por qué), sino QUÉ es usted (“maya”, “rico”, “pobre”, “mujer”, “citadino”, “transexual”, “ladino”, “joven”, “adulto mayor”, y vaya usted a enumerar cuanta absurda categoría se le ocurra).

De manera que ya va siendo hora de que dejemos de hacerles el juego a los politiqueros afirmando cosas como “¡qué país tan dividido tenemos!”, porque de ahí a empezar a gimotear que “hace falta un líder patriota que nos una” solo hay un paso. Por cierto, qué asco de frase, ¿se da cuenta de que compendia el nombre de tres organizaciones de corruptela funesta, hoy en contienda electorera?

¡Que viva entonces el divisionismo, que es tanto como decir que vivan la diversidad, la multiplicidad y la riqueza!

Artículo publicado en el diario guatemalteco "Siglo XXI", el día viernes 18 de febrero 2011.