viernes, 4 de febrero de 2011

¡Que viva el divisionismo! (parte II)

Karen Cancinos

El origen de los conflictos no es la disensión entre las personas, sino la intromisión estatal. Vean nomás los líos que se traen en el Congreso.

Casi llego a sentir admiración por el desparpajo ególatra de Manuel Baldizón. Muchos políticos tienen problemas con la soberbia, pero este me asombra: podría dictar cátedra sobre cómo alabarse a sí mismo evadiendo cualquier sentido del ridículo. El decoro le es tan ajeno como la modestia.

Menciono al hombrecito que mira a las estrellas en sus anuncios de color rojo chavista, porque su “bancada” (solo en Guatemala alguien puede tener bancada en el Congreso antes de constituir un partido político) se trae tamaño lío con las otras, con grupos de presión y con alguna prensa atolondrada, pues por la interpelación que están haciendo los miembros del partido de Baldizón a un ministro, se corre el riesgo de que no llegue en tiempo a su destino una “donación internacional” para financiar tratamientos para gente seropositiva o con SIDA.

La semana pasada anoté que eso que llaman “divisionismo” no es un problema en realidad, pues la diversidad es una constante humana, y lo que tú encuentras fascinante a mí puede parecerme sencillamente fastidioso, y viceversa. La disensión, el desacuerdo, la discrepancia, es un hecho de la vida, como la escasez. Y uno puede no desfallecer por los hechos de la realidad, es verdad, pero eso no los hace esfumarse.

Ahora bien, la disensión, las diferencias entre las personas, sí se vuelven una fuente de conflictos en un caso: cuando la intromisión estatal hace su aparición. Imagine lo que sucedería si uno o varios con poder público temporal debieran decidir si “los rojos” son mejores o peores que “los cremas”. Los seguidores de cada equipo pasarían de su rivalidad actual, manifestada en meras porras en las graderías del estadio (aun si salpicadas con una que otra palabrota), a turbas furiosas y violentas que pondrían en peligro real a los del bando contrario, y a los demás, una vez se conociese la decisión gubernamental, sea ésta cual fuese.

Pues bien: el circo que hemos presenciado en el Congreso esta semana es un ejemplo de lo que sucede cuando la garra estatal se inmiscuye en actividades que en modo alguno debieran formar parte de la esfera de actividad pública.

¿No tenemos harta obligación moral de hacernos cargo de nuestros abuelos o padres ancianos, si necesitan la ayuda de quienes estamos en edad productiva? ¿No tiene harta obligación cada quien de prever su ancianidad, porque la vejez nos llega o nos llegará a todos aun si no nos gusta pensar en ella? ¿Sí? Entonces, que un fulano megalómano haya hecho “carrera política” auto nombrándose “defensor del adulto mayor”, nos dice en primer lugar que hay quienes no se tomaron la molestia de prever su vejez, o que sus hijos son una bola de ingratos desobligados, o ambas cosas. En segundo lugar, nos muestra lo que ocurre cuando algo propio de la esfera privada (la previsión del propio futuro y la solidaridad al interior de las familias) es tocado por la sucia uña del poder estatal: cualquier saqueador en posición de tocar el erario, es decir nuestro dinero, le mete mano para sacar una tajada en nombre de sus protegidos. Y de paso financia una campaña millonaria para masajear su ego no resuelto.

Eso en cuanto al politiquero Baldizón y su riata de seguidores oportunistas. ¿Qué hay del “ministro de trabajo” y de los que exigen tratamientos y medicamentos para SIDA y demás?

Continuará.

Artículo publicado en el diario guatemalteco "Siglo XXI", el día viernes 04 de febrero 2011.