viernes, 8 de abril de 2011

Campeón de la lucha de clases


Karen Cancinos

Si alguien abanderó el esfuerzo de difundir todo lo bueno y hermoso de esta vida, fue don Joe, mi campeón de la “lucha de clases”.

Don Joe tenía unos ojos brillantes, como de veinteañero vivaz. Se veía frágil pero no lo era. Llegó a los ochenta y cinco llevando una rutina que hubiese agotado a cualquiera con medio siglo menos de edad. Don Joe. Así le llamábamos al doctor Joseph Keckeissen, un estoico hermano salesiano, un académico de primera y, sobre todo, un Profesor donde los hubo. Cómo lo echo de menos.

Estas líneas, sin embargo, no son una remembranza de las lecciones que nos brindó en sus últimos meses, la de la dignidad en el sufrimiento y la de hacer que éste sea fecundo, sino más bien constituyen una evocación de un padre, un abuelo, un amigo, un mentor, a quien amé con todo mi corazón y que me amó también. Porque tenía una capacidad de amar extraordinaria: a la generosidad de su alma solo podían comparársele el refinamiento de su espíritu, la brillantez de su mente y la gentileza de su personalidad.

Me gustaba observarlo en el salón de profesores de la UFM, absorto en su lectura del Wall Street Journal y de los periódicos nacionales. A veces arrugaba sus cejitas blancas al punto que casi se tocaban una con la otra, y luego decía “Oh, boy!” o algo por el estilo. Era magnífico verlo ante una de las computadoras, escribiendo sus propios correos electrónicos y navegando en la red. Era un asiduo de los sitios de Mises Institute (Ludwig Von Mises fue para él lo que él es ahora para tantos, un maestro venerado) y del Acton Institute (organización que promueve el estudio de la compatibilidad entre religión y filosofía de la libertad), entre muchos otros. Daban ganas de tomarle una foto: no dejaba de causar admiración ver al hombre producto casi de la Belle Epoque, usando con soltura la tecnología del siglo veintiuno.

Vestía siempre de negro, pero de lobreguez nada. Es más, si algo lo caracterizaba era su alegría. A menudo tarareaba canciones, propias o ajenas. Porque no solo sabía de economía, administración, finanzas, teología y arte militar (fue artillero y paracaidista del ejército norteamericano), sino también de dramaturgia y música. Escribía las obras con que sus estudiantes celebraban el aniversario de su querido mentor Mises, y donde se vitoreaba a la cerveza como “el bien más preciado”.

Cuando llegaba el momento de ir al aula, con su simpático acento gringo, me indicaba: “Es hora de ir a la lucha de clases”. Me llamaba “amiga”. Con mi entonces prometido lo invitamos a nuestra boda el año pasado, pero con su habitual franqueza nos dijo que no le gustaban las fiestas porque las encontraba muy ruidosas. A la Misa hubiese asistido, pero los sábados “tenía lucha de clases en Xela”, nos aclaró, iluminando su carita con una sonrisa divertida. Ese sentido del deber fue un presente en sí mismo. Pero como si eso no hubiese sido suficiente, nos dio su bendición, y nos dijo que su regalo para nosotros sería orar por nuestra felicidad.

El 3 de abril de 2011 acabó su carrera, finalizó su buena batalla. Ha ido ya a recibir la corona de gloria con que el buen Señor obsequia a quienes le aman. Espérenos allá, don Joe, y sosténganos con su intercesión.

Artículo publicado en el diario guatemalteco "Siglo 21", el día viernes 08 de abril 2011.