jueves, 21 de abril de 2011

Peregrinaje


JORGE JACOBS A.

Estas épocas parecen ser propicias para reflexionar sobre nuestro caminar en la vida, sobre nuestro peregrinaje en este mundo, pero, en particular, sobre nuestra relación con Dios. Si bien es cierto las experiencias que cada uno de nosotros ha vivido son únicas, compartimos sendas con muchas otras personas, y aunque las circunstancias sean distintas, las enseñanzas pueden ser bastante similares. No sé cuál sea su experiencia, pero espero que la mía le sirva de algo.

Yo me inicié en la vida espiritual en mi casa, un hogar presbiteriano —iglesia evangélica de línea conservadora—, proveniente de una de las primeras familias que se convirtieron al “protestantismo” en Guatemala en el siglo XIX. Mi papá siempre nos inculcó, a su mejor manera de entender, el acercarnos a Dios. Más que con sus palabras, lo hizo siempre con el ejemplo. Recuerdo innumerables ocasiones en que lo veía leyendo la Biblia en su silla preferida. Utilizaba un extraño método de anotaciones que hasta la fecha no nos ha querido explicar ni he podido descifrar. Innumerables fueron también las ocasiones en que, levantándome de madrugada, sin que él se diera cuenta —digo yo—, lo encontraba orando en la sala.

Mis primeros conocimientos acerca de Dios y de la Biblia los obtuve leyendo una colección de 10 tomos de las Historias de la Biblia. Los que luego fueron complementados con muchos años de asistir a la escuela dominical de la iglesia. También importantes en mi desarrollo espiritual —y social, hago la salvedad— fueron los campamentos de verano a los que íbamos todos los años en Monte Sión, Amatitlán.

De adolescente, siempre inquieto en estas cosas, participé en la “Cruzada estudiantil y profesional para Cristo”, organización que se dedica a evangelizar y discipular a jóvenes. Allí aprendí mucho más, hice grandes amigos y tuve muchas experiencias interesantes y enriquecedoras.

Pero mi inquietud daba para más, y a los 15 años tuve una experiencia que cambió mi vida. En uno de esos campamentos, un amigo me contó sobre sus vivencias sobrenaturales en una nueva iglesia. Allí mismo decidí que a mí me gustaría conocer de eso. Unos meses después, cuando me fui a estudiar a la capital, por unos meses me resistí a esa tentación, pero pronto sucumbí y empecé a asistir a esa iglesia.

Se llamaba “Agape” y era completamente diferente a lo que yo hasta ese momento conocía. Fue fundada por un grupo de jóvenes provenientes de una iglesia centroamericana luego de una supuesta experiencia “sobrenatural”. La iglesia y la doctrina que en ella se predicaba era bastante radical y extremista, la cual yo, en plena adolescencia y en la búsqueda de acercarme a Dios, abracé con todas mis fuerzas.

Mi radicalismo llegó a tal extremo que me aparté de la mayoría de conocidos, incluida la familia; por poco me expulsan del instituto católico en el que estudiaba. En una ocasión pasé casi seis meses en cama por no tomar medicinas. Era una iglesia bastante evangelizadora, lo que por cierto me permitió conocer gran parte de la ciudad y de la mayoría de barrios marginales.

Afortunadamente, siempre, en todos esos siete años y pico que estuve imbuido en esa iglesia, algo dentro de mí se revelaba. Con todo y todo, no podía ser tan radical como se esperaba que lo fuera, lo que tarde o temprano me llevaría a conflictos, internos y externos, cada vez mayores que, al final, me dieron el impulso para liberarme y salir.

¿Qué aprendí de todo esto? Se lo contaré en el próximo artículo…

Artículo publicado en el diario guatemalteco "Prensa Libre", el día jueves 21 de abril 2011.