miércoles, 20 de abril de 2011

Seguir en sus pasos…


Carroll Ríos de Rodríguez

Durante la Semana Santa los cristianos meditamos sobre la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. La última semana de Jesús en la Tierra fue intensa: el jueves instauró la Sagrada Eucaristía y, aunque sus discípulos no comprendían a cabalidad, les legó un testamento oral lleno de cariño; el viernes fue crucificado y murió por nosotros en la Cruz. El sábado: vacío y silencio. El domingo, Jesús resucitó, llenando de felicidad a quienes pocas horas antes lloraban su partida, y también a nosotros. La Semana Santa es una oportunidad para hacer un examen hacia adentro.

¿Somos buenos seguidores del maestro Jesús? ¿Sabemos abrazarnos a la Cruz? ¿Entendemos las implicaciones de vivir una vida centrada en Cristo?

Este año tenemos la fortuna de poder hacernos estas y otras preguntas en vísperas de la beatificación de Juan Pablo II, programada para el 1 de mayo. Con su ejemplo y su predicación, Su Santidad nos enseñó cómo ser cristianos (cristocéntricos) en la era moderna. Su primera encíclica, promulgada en marzo de 1979, versa precisamente sobre Jesucristo Redentor.

Jesús es nuestro Maestro, Señor y Redentor —todos sobrenombres que definen nuestra relación con Él—, y que deben repercutir en nuestras vidas.

Cuando Juan Pablo II nació a la vida eterna, el 2 de abril de 2005, la Plaza de San Pedro se llenó del testimonio de miles de fieles que cantaban “santo súbito”. El proceso ha sido rápido, pero se han completado todos los pasos requeridos, aunque las personas encargadas de recabar las pruebas están personalmente convencidas de la santidad de Karol Wojtyla.

Ser santo implica sentir y obrar como Jesús. ¿Qué nos enseñó Juan Pablo II con su ejemplo de vida?

Una de las lecciones más valiosas es estar siempre alegres, aun en tiempos de tribulación. Juan Pablo II encaró su enfermedad con espíritu de lucha, autodominio, paz y alegría. Además, las cámaras captaron su expresión al abrazar a los niños, al hacer bailar su bastón, al escuchar a las masas de jóvenes cantándole. La felicidad del Papa venía de adentro, de su vida interior, de saberse hijo de Dios.

Produce felicidad y paz interior hacer, libremente, lo que se debe: obedecer a la conciencia. Nos instó siempre a formar rectamente nuestra conciencia y a actuar según su dictamen; rechazó el relativismo moral que está de moda y habló claramente sobre el bien y el mal. Debemos ser personas íntegras y coherentes, personas de bien.

El Papa amó la libertad y abogó porque las personas de todo el mundo pudieran vivir en sociedades más libres. Cada persona goza de igual dignidad a los ojos de Dios, quien nos hizo libres. El Papa nos enseñó que se requiere de una personalidad recia para ejercer la libertad con responsabilidad y ética. La santidad no es aplastante, melancólica ni opresiva. Imitemos su “joie de vivre”, buscando en nuestro actuar la Pasión y la excelencia; procurando una existencia productiva, creativa y plena.

Artículo publicado en el diario guatemalteco "Siglo 21", el día miércoles 20 de abril 2011.